lunes, 24 de diciembre de 2012

NUESTROS CUENTOS: EL MONSTRUO DE LAS NUECES

 EL MONSTRUO DE LAS NUECES

Había una vez una ciudad en la que vivía yo, me llamo Elena, tengo 11 años y soy alta y delgada. Os voy a contar una historia, una cosa que me pasó a mí hace unos meses. Espero que os guste y os resulte divertida.                                       
Yo ya sabía que esto iba a pasar, sabía que ese ser asqueroso estaba en casa, pero nadie me hizo caso. Puede que ahora que se la ha llevado, todos me crean, no es justo que haya tenido que llevarse a mi pequeñita para que todos me hagan caso, pero ya no hay vuelta atrás.
Llamé a mis amigos para que me ayudaran a rescatar a la pobre prisionera del monstruo y para que me ayudaran a derrotarlo. Cinco minutos después, Héctor, un chico alto y moreno, y Sofía, una chica alta y rubia, estaban preparados para combatir al monstruo.
-         Hola Elena. Saludó Sofía.
-         Hola. Hizo eco de sus palabras Héctor. Dime, ese monstruo del que hablas… ¿Es verdaderamente horrendo?
-         Por supuesto que sí. Contesté. Es enorme, peludo y sus dientes son como cuchillas, al igual que sus afiladas garras de monstruo.
Hecha la descripción del monstruo, pensé que Héctor y Sofía se querrían echar atrás, pero no fue así, seguían tan dispuestos como antes, así que me preguntaron:
-         ¿Sabes dónde vive esa cosa tan horrible?
-         Sí, pero no podemos ir hasta allí a pie, nos atacará, tenemos que ir por los árboles.
-         ¿Por qué por los árboles? Preguntó Sofía.
-         ¿Por qué el monstruo puede volar y si vamos por el suelo nos atacará y se nos llevará? Trató de adivinar Héctor.
-         No, contesté yo. El monstruo vive en uno, y si vamos por el suelo nos atacará desde él, pero si vamos por los árboles, el follaje de éstos nos protegerá. Respondí yo.
Preparamos todo lo necesario para nuestra aventura por los árboles. En mi ciudad, las ramas de los árboles, son tan altas y largas que se enlazan entre ellas y se podría ir a diferentes partes de la ciudad andando sobre sus ramas entrelazadas. O al menos eso creía yo. Subimos al primer árbol, Sofía preguntó:
-         ¿Dónde vive el monstruo?
A lo que yo respondí:
-         Vive en el gran árbol del Parque de La Reina.
Sólo habíamos avanzado un poco por las ramas del primer árbol cuando nos dimos cuenta del primer problema. No sabíamos orientarnos por las frondosas copas de los árboles. Nos subimos a la rama más cercana, entonces, se partió y me caí abajo, pero eso solo era el inicio de mis problemas, bajo mis pies, un enorme perro ladraba y gruñía furioso.
-         ¿Qué es eso? Preguntaron Héctor y Sofía
-         Es Galletita, la perra de los vecinos. Dije yo.
-         Parece realmente feroz. Dijo Sofía que me miraba de pie desde la rama de arriba al igual que Héctor.
-         Lo es, dije yo, es capaz de matar a una persona, es muy peligrosa.
Creí que todo estaba perdido, cuándo Héctor partió un palo y se lo lanzó al perro. Galletita corrió tras él, y Sofía se sacó una cuerda de la mochila y me la lanzó para que pudiera subir. Tras el accidente, seguimos con nuestro viaje para derrotar al monstruo.
El segundo problema que tuvimos fue que las ramas que se unían entre ellas, no eran tan seguras como habíamos pensado, sino que eran muy inestables. A duras penas logramos pasar de un árbol a otro, pero entonces se presentó el tercer problema. Parece ser que a los pájaros de los árboles, no les gusta  que unos niños vayan andando por las ramas de los lugares donde viven, así que atravesamos los árboles soportando picotazos y arañazos de todo tipo.
Alcanzamos el árbol por el cual íbamos a llegar al que ocupaba el monstruo. Pero cuarto problema, las ramas de los dos árboles, no estaban unidas. Nos era imposible  saltar de un árbol a otro, no podíamos llegar al árbol del monstruo.
-         ¿Qué hacemos ahora? Preguntó Héctor
-         Pues no sé, dije yo. Tal vez podríamos…
-         ¡La cuerda! Me cortó la frase Sofía. Podemos atar un extremo de la cuerda a esta rama y el otro al árbol del monstruo, de esta podemos salir caminando por encima de ella.
El plan de Sofía era bastante arriesgado y peligroso, pero no teníamos otra opción, lo hicimos y nos dispusimos cruzar. Sofía cruzó andando por encima de la cuerda porque tenía mucho equilibrio. Héctor cruzó como en las barras de monos porque tenía mucha fuerza en los brazos, y ya solo quedaba yo, me tendí sobre la cuerda y empecé a arrastrarme usando los brazos, pero pronto entendí que esa no era la mejor opción, me estaba cortando las manos por culpa de la cuerda. Me puse de pie con mucho cuidado y crucé el resto de la cuerda tal y como lo había hecho Sofía. Lo habíamos conseguido, por fin estábamos en el árbol del monstruo.
Indiqué a mis amigos que se estuvieran quietos, y les dije que el monstruo vivía en un agujero que les indiqué, se asomaron asustados y…
-         ¿¡Una ardilla!? Gritó Sofía enfadada mientras el asustado animal se iba corriendo.
-         Sí. Contesté yo.
-         Pero ¿Qué es eso de peludo y horrible? Preguntó Héctor.
-         No me gustan las ardillas, son horribles. Fue mi respuesta.
-         ¿Y lo de que se había llevado a tu pequeñina? Dijo Sofía.
-         Es verdad. Les indiqué el hueco, en el que estaba tirada una enorme nuez.
-         ¿Eso? Preguntó Héctor. E instantes después se echó a reír.
Todos nos echamos a reír.
Así que la ardilla se ha escapado y este cuento ha terminado.                     

                                       



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